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2008/8/8 Soy un asesino en serie, el mejor. Nunca me han
cogido. Nadie puede sospechar de mí. Nadie conoce mis intenciones; no
parezco un asesino; no visto como un asesino; no me comporto como un
asesino. Elijo bien a mis víctimas; tengo cuidado; nadie sospecha de
mí. Soy un asesino en serie, el mejor, nunca me han cogido porque nunca
he matado a nadie. Todavía. Tú eres la persona elegida. Lo
primero que deberías hacer es preguntarte cómo ha llegado a tus manos
la hoja que estás leyendo. No sabes quién te la ha mandado, la has
encontrado en el suelo debajo de tu silla o tal vez alguien la ha
deslizado debajo de la puerta de tu casa sin llamar. Da igual, el caso
es que ya la tienes y que la estás leyendo. Al principio no te la
tomarás en serio, eso es normal, pero al ir avanzando en su lectura una
especie de intranquilidad empezará a dominarte, poco a poco te pondrás
alerta. Eso es lo que pretendo; que estés alerta. Es un aviso: vas a
morir.
Por cierto, ¿has disfrutado alguna vez de la sensación de
tener miles de hormigas correteando por tu cuerpo desnudo y maniatado;
introduciéndose por tus orificios vitales, picando tus partes más
tiernas, paseándose por tus ojos, abiertos como platos? No grites, o
también te entraran por la boca.
Te estarás preguntando por qué
lo hago, pero en realidad ésa no es la pregunta que más te interesa.
¡Piensa! Lo que tú quieres saber en realidad es por qué te lo haré a
ti. Respecto a lo primero podríamos dejarlo en que simplemente me he
vuelto loco. No es tan raro; el mundo está lleno de locos. ¿Crees que
tú no lo estás?¿Ni siquiera un poquito? Tanto como para matar no
,¿verdad? Bueno. Piensa lo que quieras sobre mis motivos: que mis
padres me pegaban o abusaban de mí, o que me volví loco en un trabajo
de jornadas de doce horas en una fábrica apretando los mismos tornillos
de las mismas piezas hora tras hora. ¡Qué falta de imaginación! En
realidad son cosas mucho más sutiles las que tienen el poder de romper
nuestro precario equilibrio mental: el ruido del cortaúñas, la manera
de mirar de las palomas o la espera del ascensor en casa, veinte
segundos de vacío cuatro veces cada día, cada día del mes, todos los
días del año.
Hablando de camas ¿qué tal es la tuya? Porque
estamos hablando de camas y de juegos, de juegos con cuerdas, cinta
aislante y herramientas Por cierto, ¿dónde las guardas? Da igual, ya
las encontraré, no tendremos prisa. Espero que tengas unas tenazas por
ahí. Te sorprendería saber todo lo que puede hacerse con un taladro y
un poco de paciencia.
Te advierto que no deberías estar leyendo
este texto sin despegar tus ojos de él, aunque supongo que no puedes
evitarlo. Podría haberme quedado al acecho después de hacértelo llegar,
podría estar sentado a tu lado, o esperándote cerca, muy cerca. Quizás
me conoces, quizás no. Quizás soy tu mejor amigo. ¿Crees que los
asesinos lo parecen? Cuando llegue el momento saldrán mis vecinos por
la tele y juraran que nunca habrían pensado que alguien como yo, que
parecía tan normal, pudiera hacer algo así. Siempre cometéis el mismo
error.
Ahora voy responder a tu pregunta “¿por que tú?”; y voy a
hacerlo con otra pregunta “¿y por qué no?” Tal vez deje que me
demuestres que no mereces morir aunque dudo que lo consigas. ¿Qué
significa merecer la vida? Imagínate un bosque solitario donde sólo
estamos tú y yo. ¿Qué significan ahora las palabras “merecer” y “vida”?
Aquí importan más estas otras: correr, gritar, tropezar, caerse,
atrapar, machacar, introducir. Sí, he dicho introducir.
Te queda
poco tiempo. En realidad unos instantes. Los que te hacen falta para
acabar de leer esta nota. Serán unos cinco segundos: cinco, cuatro,
tres, dos, uno. ¿Estamos preparados? Yo sí, pero tú seguro que no. Te
dejaré un poco más de tiempo; unos minutos o quizás unos días, o hasta
unas semanas. Tendrás noticias mías. Seguro que la vida adquiere un
nuevo significado para ti durante este tiempo. Es una propina, una
pequeña prórroga, un regalo. Disfrútalo.Este texto no es mío, sino que ha sido extraído de la siguiente dirección: http://nosestamosleyendo.blogspot.com Debo agradecer a la señora de Älvarez  , que me comentara la existencia de esta página.Se pueden encontrar buenos relatos como este, cuyo autor responde al nombre de Xavims... Tranquila Lucía, ya publicaré alguno tuyo, pero quiero asegurarme de no pisar ninguno que vaya a aparecer en vuestro libro. 2008/5/27
Haciendo nuevas amigas
ARTURO PÉREZ-REVERTE | XLSemanal | 24 de Febrero de 2008
La ventaja de vivir en España es que a veces me dan hecha esta página, o casi. Hoy se la brindo a la Plataforma Andaluza de Apoyo al Lobby Europeo de Mujeres, a cuya presidenta, Rafaela Pastor, debo el asunto. Diré de paso que escribo presidenta porque está impuesto por el uso –por eso figura en los diccionarios– y también por ese agradecimiento del que antes hablaba; en realidad presidenta es a presidente lo que amanta es a amante; y que yo recuerde ahora, sólo parturienta es de verdad parturienta y no parturiente, pues las únicas que paren son las hembras, mientras que amante, contribuyente, paciente o presidente, por ejemplo, son palabras de género neutro –aquí sí es correcto decir género y no sexo, pues hablamos de palabras, no de personas–. Pero bueno. Igual todo esto es muy complicado para doña Rafaela. Así que para no darle quebraderos de cabeza, iré al grano. Y el grano es que la antedicha, en nombre de la plataforma que preside, exigió hace unos días que la Real Academia Española incluya en el diccionario las palabras miembra y jóvena, con este singular argumento de autoridad: «Si tenemos que destrozar el lenguaje para que haya espacios de igualdad, se deberá hacer». Y además, dos huevos duros.
Pero lo más bonito del aquí estoy de doña Rafaela se refiere al latín, al que acusa de originar buena parte de los males que afligen a las mujeres en España. El latín es machista y culpable, sostiene apuntando con índice acusador. El español actual viene, según ella, de una lengua forjada en una época «en que las mujeres eran tratadas como esclavas y eran los hombres los que decidían y concentraban todo el poder». Sobre el árabe –que también tuvo algo que ver en nuestra parla– doña Rafaela no se pronuncia: sería racismo intolerable en boca de una feminata andalusí. Es sólo la lengua de Virgilio y de Cicerón la que, a su juicio, «nos supone un lastre, ya que validamos nuestra sociedad mirando siempre al pasado». Lo curioso es que, a continuación, la señora –dicho sea lo de señora sin animus iniuriandi– admite que ni sabe latín ni maldita la falta que le hace. Sobre la historia de Roma, de quiénes eran esclavos y quiénes no lo eran, tampoco parece saber más que de español o de latín; pero en política, como en Internet, cualquier indocumentado afirma cualquier cosa, y no pasa nada. Es lo bueno que tienen estos ambientes promiscuos. Cuantos más somos, más nos reímos.
Lo más estupendo y moderno es la conclusión de doña Rafaela: hace falta una represión «a través de inspecciones sancionadoras» de quienes no ajusten su lenguaje a la cosa paritaria, a las leyes de igualdad estatal y andaluza, y a ese prodigio de inteligencia y finura lingüística que es el Estatuto de Andalucía. En cuyo contenido político, por cierto, no me meto; pero cuya pintoresca redacción, que incurre en los extremos más ridículos, debería avergonzar a todos los andaluces –y andaluzas– con sentido común. O sea: para que España sea menos machista, cada vez que yo me siento a teclear esta página, por ejemplo, debería tener a un inspector de lenguaje sexista sentado en la chepa, dándome sonoras collejas cada vez que escriba señora juez en vez de señora jueza –que la RAE incluya algo en el diccionario no significa que sea lo más correcto o recomendable, sino sólo que también se usa en la calle–; o me haga pagar una multa si no escribo novelas paritariamente correctas: un guapo y una guapa, un malo y una mala, un homosexual y una lesbiana, una parturienta y un parturiento.
Y sobre todo, el latín. Ahí está, sí, la fuente de todos los males, a juicio de doña Rafaela y su hueste. Tolerancia cero, oigan. Incluso menos que cero. Ni un elogio más a esa lengua que, incluso muerta, sigue haciendo tanto daño. Porque cada vez que a una mujer la despiden del trabajo en Manila por estar embarazada, la culpa es del latín. Cada vez que una mujer taxista le grita a otra conductora –lo presencié en Madrid– «¡Mujer tenías que ser!», la culpa es del latín. Cada vez que hay una ablación de clítoris en Mogadiscio, la culpa es del latín. Cada vez que un hijo de puta acosa o viola a su empleada en San Petersburgo, la culpa es del latín. Cada vez que un capullo meapilas se arrodilla ante una clínica de Londres con los brazos en cruz para protestar contra el aborto, la culpa es del latín. Cada vez que un marido llega a casa borracho, en Yakarta, y golpea a su mujer, la culpa es del latín. Cada vez que una mujer le pega una paliza en Vigo a la mujer que es su pareja, la culpa es del latín. Si los académicos no hubieran estudiado latín, la Real Academia Española estaría llena de miembras, y el diccionario lleno de jóvenas. Y a las imbéciles, con mucha propiedad, las llamaríamos imbécilas.
http://www.capitanalatriste.com/escritor.html?s=patentescorso/pc_24feb08 2008/4/25
¿Cuántas mujeres son necesarias para emborrachar a un hombre?
¿Cuántas lágrimas para anularlo? ¿Vilezas para forjarlo?
¿Y personas crueles para instruirlo sobre la mezquindad humana?
¿Cuánto peso ha de sobrellevar para endurecer las vigas de su alma?
¿Cómo ha de de saber si dejarse llevar por la Rosa de los Vientos o rebelarse?
¿Cuántas veces ha de perder su corazón para aprender a retirarse de una batalla a tiempo?
¿Cuántos abnegados amigos son necesarios para que sanen las heridas?
¿Cómo recompensarlos?
¿Cuántos besos se necesitan para enamorarlo? ¿Y traiciones para desencantarlo?
¿Cuántas lisonjas necesita el hombre para endiosarse?
¿Cuántas mentiras debe descubrir para insensibilizarse?
¿Cuántos silencios son necesarios para vestir a un hombre? 2008/4/15
Esta noche te soñé abrazada a mi cintura, susurrándome qué sucederá mañana mientras aprisionabas tus pechos a mi espalda para suavizar las palabras que avisan de la última curva.
Yo, mudo como ahora, como siempre, encogía hombros y mantenía la trayectoria impasible, saboreando el viento en la cara mientras sonreía al Sol del ocaso que deslumbraba la carretera.
Estaba cansado, así que detenía la marcha durante un instante y me giraba para ver que no distinguía tu cara. Aun notaba tu abrazo, tu aroma, pero no te encontraba. Desapareciste simplemente dejando el recuerdo.
Anochecía y me limité a encender un cigarro.
En silencio.
De nuevo en marcha, atravesando la fría noche, esperaba el nuevo día.
El despertar me ha deparado una nueva jornada de rutina. 2008/4/4
Esos simpáticos muertos vivientes
ARTURO PÉREZ-REVERTE | XLSemanal | 30 de Marzo de 2008
La verdad es que cada uno se lo pasa lo mejor que puede, y en eso no me meto. Faltaría más. Especialmente en lo de vivir emociones intensas. Hay quien disfruta como un gorrino en un charco atado a una cuerda elástica y tirándose de un puente, quien corre en Fórmula Uno, quien les empasta las caries a los tiburones en los cayos de Florida y quien se lo pasa bárbaro dándose, metódica y rítmicamente, martillazos en los huevos. Cada uno tiene su manera de segregar adrenalina, y me parece bien. Siempre y cuando, por supuesto, cuando luego se rompe la cuerda, derrapa el bólido, el tiburón te dice ojos negros tienes o el martillazo te deja mirando a Triana, no vayas reclamando daños y perjuicios, y con tu pan te lo comas. Las emociones, en principio, son libres.
Por eso, supongo, nada tengo que objetar a que trescientos jóvenes aficionados a las películas gore, muertos vivientes, cementerios y casquería con motosierra –afición tan legítima como otra cualquiera– organicen una Marcha del Orgullo Zombie rebozados de carne podrida, borbotones de sangre, ojos colgando, muñones sanguinolentos y cosas así. Al grito de «Sangre, sangre, dame más sangre», los de la Marcha Zombie –lo correcto, por cierto, sería zombi, sin esa innecesaria e gringa– se pasearon el otro día por Madrid, y así me los topé en el paseo del Prado: fulanos bailando con el pescuezo rebanado o con un destornillador incrustado en un parietal, pavas con media cara que parecía arrastrada por el asfalto, muñones sanguinolentos y demás parafernalia del escabeche. Todo divertido a más no poder, oigan. De troncharte y no echar gota. O como se diga.
Tanto me divertí con el espectáculo, que todavía me estoy riendo. Se me parten los higadillos acordándome. Un chute, lo juro. Divino de la muerte. Me desternillo acordándome de mis zombis particulares, que no necesitan que los maquillen con sangre chunga porque el producto natural lo ponen ellos, por la patilla. Me lo paso de miedo cuando estoy un rato pensando, o me despierto de noche, y vienen a hacerme compañía en su Marcha del Orgullo Zombi particular. No pueden imaginar ustedes lo que disfruto yo, y lo que disfrutan ellos. Ahí querría ver a los aficionadillos del paseo del Prado. A ver quién es capaz de competir con una bomba en un cine de Bagdad o un morterazo en el mercado de Sarajevo. Los desafío a todos a competir con mi amigo el comandante Kibreab y sus sesos desparramados sobre un hombro, tirado en el suelo de la plaza de Tessenei, en abril de 1977. O con el fastuoso maquillaje natural de la guerrillera desnuda por la onda expansiva de una granada y con las tetas hechas filetes por la metralla, en el Paso de la Yegua, Nicaragua, 1979. También sería difícil imitar la gracia del negro macheteado en junio de 1988 en Moamba, Mozambique. O la del fulano de Hezbollah hecho un amasijo de carne y tripas en su coche alcanzado por un misil israelí cerca de Tiro, en 1990. O, para terminar y no extenderme mucho, el salero zombi de los treinta y ocho croatas que en septiembre de 1991 vimos Hermann Tersch, Márquez y yo mismo degollados en los maizales de Okuçani, Croacia: cadáveres muy canónicamente gore todos ellos –habrían hecho un brillante papel en la Marcha del Orgullo Zombi–, a los que no imaginan ustedes con cuánta gracia les colgaba la cabeza con la garganta abierta cuando los levantaban del suelo para enterrarlos. Es que me acuerdo, oigan, y me parto. Tan simpático todo, fíjense. Tan divertido.
Estoy lejos de ser el único que puede aportar carnaza fresca a la fiesta, no se crean. Vayan y pregúntenle a Gerva Sánchez, por ejemplo, cuántos muñones sangrantes y sin sangrar, con minas y sin minas, ha fotografiado a lo largo de su vida profesional. O a Alfonso Rojo, Miguel de la Fuente, Paco Custodio, Fernando Múgica y Ramón Lobo, veteranos miembros de la vieja y extinta tribu, que todavía se despiertan a veces preguntándose en dónde diablos están. Lo del Orgullo Zombi tiene que traerles bonitos recuerdos, supongo. Muchas imágenes divertidas y simpáticas. Seguro que les pasa como a mí: les preguntas por el hospital de Sarajevo –chof, chof, hacía el suelo encharcado de rojo cuando lo pisabas– después de un día de buena cosecha de francotiradores y artilleros serbios, y seguro que se rulan de risa. Como habrían hecho, sin duda, Julio Fuentes, Miguel Gil Moreno, Anguita Parrado, el cámara Couso, Juantxu y los demás que ya no están aquí para rularse. A cinco litros de sangre por cabeza, calculen el flash. Los imagino a todos bailando por el paseo del Prado, a los compases de No es serio este cementerio. Qué guay, tíos. De verdad. Menudo subidón.
http://www.capitanalatriste.com/escritor.html?s=patentescorso/pc_30mar08
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